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Productividad·6 min de lectura
  • Trabajo

Multitasking: por qué te sientes productiva y rindes peor

El costo medible de saltar entre tareas — y por qué se siente tan bien mientras pasa.

Responder un mensaje mientras escuchas la reunión mientras terminas el correo. Se siente eficiente — estás haciendo tres cosas a la vez, ¿qué puede ser más productivo?

El problema es que esa sensación es, con toda probabilidad, una ilusión. Y es de las ilusiones mejor documentadas de la psicología: el multitasking se siente productivo precisamente en los momentos en que estás rindiendo peor.

Qué dice la evidencia

Empecemos por la mala noticia estructural: el cerebro no hace dos tareas exigentes a la vez. Lo que hace es alternar — rapidísimo, tan rápido que se siente simultáneo. Y cada alternancia cobra peaje. Los experimentos clásicos sobre "cambio de tarea" lo midieron con precisión: cada vez que saltas de una cosa a otra, pierdes tiempo y precisión en el cambio mismo. En tareas complejas, esos peajes acumulados pueden comerse una fracción sorprendente de tu tiempo total.

Pero el hallazgo más interesante no es ese, sino uno más incómodo: la atención no cambia de canal limpiamente. La investigadora Sophie Leroy lo llamó "residuo de atención": cuando saltas de la tarea A a la tarea B, una parte de tu cabeza se queda pegada en A — dándole vueltas al correo que dejaste a medias, a la conversación que quedó abierta. Estás físicamente en B con una atención incompleta, y ni siquiera lo notas. Por eso puedes pasar una tarde entera "trabajando en todo" y terminar con la sensación extraña de no haber avanzado en nada: técnicamente, nunca estuviste completa en ninguna parte.

¿Y la gente que "es buena para el multitasking"? Aquí viene el resultado más contraintuitivo de esta literatura. Un estudio muy citado de Stanford comparó a personas que hacen multitasking con medios de forma intensa y habitual contra personas que no — esperando encontrar en las primeras alguna habilidad especial. Encontraron lo contrario: los multitaskers intensivos eran peores para filtrar información irrelevante y para cambiar de tarea. La práctica no los había vuelto expertos; los había vuelto más distraíbles. Y — la cereza — quienes más confían en su capacidad de multitasking tienden a ser quienes peor lo hacen.

¿Por qué se siente bien entonces? Porque el multitasking confunde dos cosas distintas: actividad y avance. Saltar entre tareas produce una sensación continua de estar ocupada, de urgencia atendida, de estímulo — todo eso se registra como "estoy siendo productiva". Pero la productividad real es avance en cosas que importan, y el avance requiere justamente lo que el multitasking impide: atención completa y sostenida. Es la diferencia entre remar y salpicar.

Para quien nos lee desde el mundo del flow, esto tiene una traducción directa: el multitasking es la antimateria de los estados de flow. El flow exige inmersión — atención completa en una actividad, sin esfuerzo por sostenerla. El multitasking garantiza que la inmersión nunca ocurra: es una máquina de fabricar atención parcial.

Qué haría yo

No voy a decirte "deja de hacer multitasking", porque parte de tu multitasking no lo elegiste tú — te lo impone un entorno de mensajes, reuniones y expectativas de respuesta inmediata. Así que tres movidas realistas:

Primero, distingue tus tareas de atención completa de las demás. No todo requiere inmersión: contestar correos rutinarios mientras esperas que cargue algo no te está costando nada importante. El multitasking es caro solo en las tareas que exigen tu cabeza entera — escribir, analizar, decidir, crear. Identifica cuáles son las tuyas y protege esas.

Segundo, agrupa en vez de alternar. El correo revisado tres veces al día en bloques cuesta una fracción de lo que cuesta el correo goteando toda la jornada. La regla general: mismo tipo de tarea, mismo bloque.

Tercero, cierra los pendientes antes de cambiar — aunque sea con una nota. El residuo de atención se alimenta de lo inconcluso. La propia investigación de Leroy sugiere un antídoto simple: antes de saltar de tarea, anota en una línea dónde quedaste y cuál es el siguiente paso. Esa mini-clausura le dice a tu cabeza "esto está guardado" y reduce lo que se queda pegado.

Los límites de lo que sabemos

Dos honestidades. La primera: buena parte de esta evidencia viene de experimentos de laboratorio con tareas artificiales — la vida real es más desordenada, y el tamaño exacto del costo varía según la persona y la tarea. La segunda: el estudio de Stanford muestra una asociación, no una sentencia — no sabemos del todo si el multitasking intensivo vuelve a la gente más distraíble o si la gente más distraíble hace más multitasking. Probablemente ambas cosas. Lo que ninguna de estas dudas cambia es el mecanismo de fondo, que está bien establecido: la atención exigente no se reparte, se alterna — y alternar cuesta.

¿Cuánto te cuesta a ti, en horas y en plata? Hicimos una calculadora para eso — toma un minuto. Y si quieres saber en qué estado está tu atención, el Test de Flow te ubica en 3.

Para profundizar

  • Rubinstein, Meyer & Evans (2001). Los experimentos que midieron el peaje de cambiar de tarea. Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance.
  • Monsell (2003). "Task switching" — la revisión clásica del tema. Trends in Cognitive Sciences.
  • Leroy (2009). El artículo del "residuo de atención": por qué tu cabeza se queda pegada en la tarea anterior. Organizational Behavior and Human Decision Processes.
  • Ophir, Nass & Wagner (2009). El estudio de Stanford sobre multitaskers intensivos. PNAS.
  • Mark, G. (2023). Attention Span — veinte años de investigación sobre atención frente a pantallas, contados para todo público.